De cuerpo ausente

Marco Antonio de Jesús Lemaire León nació el 7 de enero de 1954 en el hospital central de San José, hijo mayor de Jorge Lemaire Lemaire (1925-2010), inspector de patentes municipales, y Yolanda León Montero (1919-2008), costurera y modista especializada en ropa para ‘barbies’.

Con los años, aquel niño miope y más bien tímido de barrio La Dolorosa, que incluso tenía un defecto físico en el lado derecho del cuerpo, se convirtió en uno de los pioneros de la danza moderna costarricense y, de paso, en uno de los bailarines nacionales más virtuosos y expresivos de todos los tiempos.

“Marquitos” –como lo llamaba su mamá y, más tarde, todos sus amigos–, bailaba espontáneamente desde que era pequeño, a pesar de que su padre siempre se opuso con desprecio a su vocación. Sin embargo, el rechazo de Jorge Lemaire no bastó para aniquilar el amor que su hijo sentía por la danza.

Marco siguió bailando de forma empírica hasta que a inicios de los setenta, cuando tenía entre 15 y 16 años, conoció a su primera maestra, la bailarina Mireya Barboza Mesén (1935-2000), quien acababa de regresar a Costa Rica tras presentarse en escenarios de México, Estados Unidos, Alemania y Francia durante una década.

Debido a sus excepcionales condiciones como bailarín, la carrera y formación de Lemaire arrancaron juntas en la Escuela Contemporánea de Danza, fugaz experiencia pedagógica fundada por Barboza en una casita por Plaza Víquez, y a la que también asistieron otras destacadas figuras de su generación, como Rogelio López, Nandayure Harley, Jorge Ramírez, Isabel Saborío y Marcela Aguilar.

Durante esos años, Marco Lemaire formó parte de los elencos oscilantes de muchas de las agrupaciones que nacían y morían para transformarse en otras, como el Ballet Folclórico Nacional (fundado por Barboza), Danzacor (fundada por López) y el Ballet Moderno de Cámara (fundado por Cristina Gigirey y Elena Gutiérrez).

Finalmente, en 1979, cuando se creó la Compañía Nacional de Danza (CND), Lemaire pasó a formar parte de su elenco estable, sin dejar de apoyar la labor de su maestra, Mireya Barboza, quien quedó al frente del Taller Nacional de Danza.

Desde 1979 hasta 1989, Marco Lemaire se convirtió en una de las principales figuras masculinas de la CND, bailando muchísimos de los roles principales de la agrupación. Además de intérprete, también desarrolló una carrera como maestro y coreógrafo.

El 24 de noviembre de 1989, según consta en el Acta 230 de la Junta Directiva de la Compañía Nacional de Danza, Marco Lemaire renunció a su puesto como bailarín, mientras atravesaba un complicado cuadro de depresión y alcoholismo, y tras varios incidentes laborales con algunos de sus compañeros de elenco. Esporádicamente, continuó entrenándose con las bailarinas de Condanza, Laura y Ana Pérez, y con el director de Danza Libre, Juan José Jiménez, pero nunca más se integró a ninguna agrupación.

Marco Lemaire llevó un diario durante tres años, que comenzó a escribir el 8 de junio de 1988 y terminó en julio de 1991, y en el que registró minuciosamente su trabajo coreográfico, además de sus tribulaciones personales, anhelos y aventuras cotidianas. Según su “gran cuaderno”, su último trabajo coreográfico fue “Mask”, un trío de 10 minutos y música de Vangelis, creado e interpretado a mediados de 1991.

Abandonar el entrenamiento cotidiano al que se sometió desde joven, en virtud de su oficio, resultó devastador. Esta ruptura vital entre el bailarín y el espacio escénico, único asidero de su genio artístico, precipitaron la caída furiosa de Lemaire hacia el lado más duro y violento de su realidad.